Los invisibles | ELESPECTADOR.COM

Es solo una parte de lo que el gran William Ospina escribió hoy pero que dice mi silencio:

“Me alegra que el acuerdo entre Gobierno y Farc esté próximo, aunque no pienso que sea un regalo que debamos agradecer de rodillas, sino algo que ambas partes nos debían desde hace mucho tiempo. Tampoco creo que un mero pacto entre élites guerreras, siendo tan necesario y tan útil, vaya a garantizarnos una paz verdadera.

Lo que me asombra es que la astuta dirigencia de este país una vez más logre su propósito de mostrar al mundo los responsables de la violencia, y pasar inadvertida como causante de los males. A punta de estar siempre allí, en el centro del escenario, no sólo consiguen ser invisibles, sino que hasta consiguen ser inocentes; no sólo resultan absueltos de todas sus responsabilidades, sino que acaban siendo los que absuelven y los que perdonan.

Una vez desaparecido del horizonte de la historia el episodio de la insurgencia, volverá a ocurrir lo que ocurrió cuando fueron abatidos los bandoleros de los 50 y sometidos los rebeldes de los 60, cuando se desmovilizó el M19, cuando fueron extraditados los extraditables y dado de baja Pablo Escobar, y cuando fueron desmovilizados y extraditados y amnistiados los paramilitares: que el extraño mal de la patria, del que todos ellos parecían los culpables, siguió vivo, y aún nos tiene como nos tiene.Pero tal vez esté llegando la hora de que la causa verdadera, profunda, persistente y eficiente de los males de Colombia se haga visible por fin. Tal vez Juan Manuel Santos esté contribuyendo sin proponérselo a remover el último obstáculo que nos impedía ver que la verdadera causa de todo es una dirigencia inepta, sin responsabilidad y sin grandeza, que nos enseñó a pensar en pequeño y a sentirnos mal por soñar que el país podía ser mejor y podía ser de todos.

El proceso de paz es importante, los diálogos de La Habana son fundamentales, los acuerdos entre guerreros son indispensables, pero la verdadera paz de Colombia exige una dirigencia distinta, un relato más complejo del país, un horizonte de propósitos más amplio y más patriótico.No habrá paz sin un proyecto urbano adecuado a la época, sin un proyecto de juventudes lúcido y generoso, porque hoy los jóvenes son la guerra, sin un proyecto cultural de creación, de afecto y de reconciliación, porque la cultura es nuestro mayor escenario de conflictos y de necesidades.Tal vez ya no podrán impedir que el país se aplique a soñar y a construir una nueva época. Tal vez ya no podrán llamar subversivo a todo el que pida un cambio, a todo el que quiera reformar las instituciones, a todo el que quiera ser protagonista de la historia.Una paz sin enormes cambios sociales, sin proyecto urbano, sin una estrategia económica generosa, sin un proyecto ambicioso de juventudes, podrá ser una buena campaña de comunicación, pero no llegará al corazón de millones de personas que necesitan ser parte de ella.

Claro que ya es ganancia que el discurso anacrónico de la guerra sin cuartel, al que las élites recurrieron siempre, vaya quedando arrinconado. Nadie protesta tanto contra la impunidad como el que se beneficia de la impunidad.La dirigencia colombiana, empeñada siempre en demostrar que sólo los otros son culpables, tal vez no admita nunca su responsabilidad, pero será cada vez más visible en su mezquindad y su ineptitud, y ya será bastante reparación que se haga a un lado y deje pasar al país.”

Origen: Los invisibles | ELESPECTADOR.COM 

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